Luisa García 04/02/2021
La educación, como el turrón por Navidad, siempre vuelve. En esta ocasión a propósito de la atención a la diversidad. En efecto, este verano la ministra de Educación en funciones, en un artículo de prensa en el que se hacía eco de una noticia aparecida en los medios de comunicación, acerca de la exclusión por su peculiaridad de algunos menores en campamentos de verano, abogaba por una educación inclusiva. aduciendo «que la educación inclusiva es una de las herramientas más poderosas para avanzar en la inclusión social».
Sentado esto, cabe decir que el motivo que nos mueve a pronunciarnos al respecto no es otro que el de manifestar nuestra total identificación con los planteamiento de la educación inclusiva, por ver en ellos los pilares para la construcción de una convivencia social más humanizada. Y ello, entre sus muchas razones, porque la educación inclusiva se fundamenta en el principio de que cada niño/niña tiene características, intereses, capacidades y necesidades de aprendizaje distintos, que no hay niños idénticos entre sí, ni aprenden en el mismo momento ni de la misma manera. O lo que es lo mismo: una educación que atiende la diversidad de los alumnos, y por lo tanto, que no excluye a ningún tipo de ellos. Y esto, porque la vida es diversidad, esta es un hecho consustancial en cualquier grupo humano; por lo que educar y aprender para la diversidad es educar y aprender para la vida.Una educación inclusiva, pues, que fomenta la generosidad, solidaridad, tolerancia y empatía, valores humanos estos tan escasamente presentes en la sociedad en que vivimos.
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